“La Corresponsal”, de Virginia Evans

Cumplí 41 este año y sigo metida en la vorágine de la vida. En lo que hay que hacer, en la lista que hay que cumplir al final del día, en las comidas, las colaciones, las loncheras, los trabajos del colegio.
Me doy cuenta ahora de que se me ha olvidado parar. Se me ha olvidado detenerme a pensar, a respirar. Muchas veces siento que se me está pasando la vida, y este libro me llegó muy hondo por eso.
“La Corresponsal”, de Virginia Evans, es una novela epistolar en la que Sybil Van Antwerp, su protagonista, una mujer mayor, inteligente, reservada y profundamente marcada por su historia, que ha hecho de la correspondencia una forma de ordenar su mundo y sostener sus vínculos. A través de sus cartas, conocemos su relación con amigos, familiares, escritores, desconocidos e incluso con personas a quienes nunca termina de enviarles lo que escribe. La novela recorre varios años de su vida y muestra cómo Sybil enfrenta la vejez, la pérdida de visión, la culpa, los secretos (sus “piedras”) y las distancias emocionales que se van instalando con el tiempo.
Me conmovió cómo una mujer, en los últimos años de su vida, se aferra a sus lazos a través de la correspondencia. Por carta, con letra firme y clara y papel especial; o por correo, con un poco menos de pausa quizá, pero con la misma intención puesta en cada palabra. Porque este libro no habla solo de escribir cartas: habla de la necesidad humana de ser escuchados, de permanecer, dejar registro de lo que sentimos antes de que sea demasiado tarde.
¿Cuándo fue la última vez que paramos y dedicamos ese tiempo exclusivo a una sola persona? A un amigo que vive lejos, o a los que viven cerca pero no tenemos tiempo de ver, a un pariente, a nuestra mamá, a nuestros hermanos. ¿Cuándo fue la última vez que llamamos sin estar haciendo otra cosa al mismo tiempo? ¿Cuándo escuchamos sin apuro, sin mirar el reloj, sin pensar en la siguiente tarea?
El formato del libro me pareció entretenido e intrigante. A través de las cartas de Sybil vamos entrando en distintas capas de su vida: sus amistades, sus pérdidas, su relación con su familia, sus silencios y también sus contradicciones. Me llamó especialmente la atención cuando nos cuenta de Bassam: qué pasó con su empleo, qué pasó con sus hijos, dónde está ahora y por qué la vida puede ser tan injusta dependiendo del país en que nacimos.
También me hizo pensar en por qué a veces es más fácil conversar con personas desconocidas. Ese señor en la fila del banco que te cuenta su vida, una persona que aparece por un momento y, sin saber bien por qué, nos abre una puerta sin expectativas.
Pensé en esas “pajaritas”, esas amigas que todas tenemos ahí, que no cambian ni con el tiempo ni con la distancia; que son como la calma en la tormenta porque permanecen, a pesar de que la vida viaje a mil por hora. Todos tenemos nuestras pajaritas. Personas que, aunque pasen meses sin vernos, siguen estando. Personas que guardan una versión nuestra que quizás nosotras mismas olvidamos.
Uno de los temas más fuertes del libro es justamente ese: la permanencia de ciertos vínculos y la fragilidad de otros. Sybil escribe mucho, se comunica mucho, pero a veces esa misma correspondencia también funciona como una distancia. Las cartas le permiten decir, pero también controlar.
Pienso también en la relación de Sybil con su hija, en esa distancia que se instala sin saber muy bien por qué ni cómo llegó a ser así. Y pienso en cómo podemos nosotros ser mejores amigos, hijos, hermanos. Cómo se nos pasa la semana, el mes, el cumpleaños, sin llamar, sin saber del otro más que por historias de terceros.
Sybil carga con dolores antiguos, especialmente vinculados a la muerte de su hijo, y parte de su mundo interior aparece en cartas que no siempre envía. Esa idea me quedó dando vueltas: todo lo que escribimos mentalmente y nunca decimos, que postergamos porque creemos que habrá otro momento.
¿Qué es lo que nos cuesta tanto de parar? Nos cuesta tiempo de trabajo, tiempo de limpiar, hacer comidas, colaciones, actividades del jardín, reuniones con el jefe por proyectos que nacen y terminan ahí, y que —en la gran escala de las cosas— no le cambian la vida a nadie. Entonces, ¿qué cuesta realmente?
Quizás cuesta aceptar que parar también es una decisión.
Pensé en lo mucho que necesitamos personas que cuiden y guarden “nuestras piedras”: nuestras versiones menos ordenadas. Sybil encuentra en la escritura una forma de sostener esos vínculos, pero el libro también nos recuerda que no basta con escribir o mantener el contacto desde lejos: hay relaciones que necesitan presencia, voz, tiempo real.
A los 41 veo más canas, la piel menos elástica de lo que nos muestran los reels como “lo apropiado”, más cansancio, más dolores… y sigo corriendo. Yo, por lo menos, quisiera dejar de correr. Aprovechar de estar en el único lugar donde soy irremplazable: con mi familia. Tener tiempo para escribir, o quizás llamar por teléfono, hablar largo, dar espacio y escuchar. De entender que, al final, lo que queda no son las listas completas ni las reuniones cumplidas, sino las personas a las que les dimos tiempo.
En resumen, “La Corresponsal” me pareció un libro precioso, sensible y profundamente humano. Una historia sobre la vejez, la memoria, la culpa, las amistades que permanecen, las relaciones que se enfrían y la importancia de decir a tiempo lo que sentimos. Un libro que, al menos a mí, me llevó inevitablemente a la reflexión.
Palabras que habitan mundos
Exploramos narrativas que desbordan los límites de la escritura femenina

Un libro precioso, sensible y profundamente humano. Una historia sobre la vejez, la memoria, la culpa, las amistades que permanecen, las relaciones que se enfrían y la importancia de decir a tiempo lo que sentimos. Un libro que, al menos a mí, me llevó inevitablemente a la reflexión.

Conducido por Eugenia Zicavo, Modo Libro se consolida como el refugio definitivo para las y los amantes de la lectura.

